
Que lo temporal perdure
Algunas palabras alegres envuelven su presencia con varios velos de tristeza. Una tregua origina escenas de júbilo: atenúa el daño, mitiga la angustia, el miedo -nunca del todo- desaparece, en las calles ahora destrozadas vuelve a latir la vida, se camina por ellas con un anhelo a la vez desatado y temeroso.
Un alborozo matizado por tristes envolturas. Una tregua responde a un pasado reciente de violencia, sucede a un recuento de víctimas que se nombran en primera persona, al llanto por lo irreversible; subsigue al destrozo del territorio, a la sustitución de la casa, del barrio, por escombros. El alto el fuego en Gaza no es, no puede ser, una excepción. Su materialidad se desarrolla tras quince horrendos meses que arrancaron con la masacre provocada por Hamas el siete de octubre de 2023 y se extendieron con la desproporcionada respuesta en forma de matanzas encadenadas por parte del Estado de Israel. Una tregua, y el alto el fuego en Gaza no es, no puede ser, una excepción, se construye con material extremadamente frágil, no incluye en sí un carácter definitivo ni comporta el fin de la contienda, conlleva, por desgracia, una elevada dosis de incertidumbre.
La naturaleza efímera de una tregua ofrece, eso sí, una oportunidad que parte del cumplimiento de las condiciones comprometidas. En primer lugar, la liberación de los civiles, tanto palestinos como israelíes, retenidos. Después, un trasiego para que lo eventual adquiera cuerpo perdurable, para que el binomio paz y seguridad se establezcan perennemente: el retorno de las personas desplazadas, la garantía de desplazamiento, la asistencia humanitaria, el compromiso de los países del entorno -y del resto- con el Derecho Internacional.
Una oportunidad que ha de aprovechar el momento en que las pistolas callan porque la historia recuerda que estos silencios de las armas se han utilizado con frecuencia para un rearme que recrudeció la violencia posterior, para un descanso paralelo de contendientes extenuados, para afianzar las alianzas, para reescribir los pasos del exterminio. La comunidad Internacional, lo que de esta permanezca, está llamada a prevenir un riesgo demasiado poco latente.
El sorpresivo alto el fuego, además, introduce una serie de factores contextuales que deberían mantenernos alerta. Por un lado, la grotesca disputa entre Biden y Trump, reclamando cada uno para sí el éxito del acuerdo cuando el uno ha asistido indolente al transcurrir de los 15 meses y el otro, del que no cabe escatimar su intervención en el acuerdo, se empeña en proponer, en una reedición de la Nackba, un plan de desalojo de millón y medio de palestinos desde el actual territorio gazatí a Egipto y Jordania. Un desalojo que completaría la colonización del territorio palestino de forma que los bombardeos habrían servido, además, como operación de derribo, de adecuación de un terreno para venderlo a sus nuevos dueños a tanto el metro cuadrado. El regreso de los gazatíes al norte de la franja indica una voluntad opuesta. Por otro, el incremento de la violencia en Cisjordania por parte de los colonos israelíes.
Ojalá los riesgos se desvanezcan, lo temporal se convierta en duradero; ojalá podamos desdecirnos de los temores apuntados. Sería la mejor noticia. ●
Imagen: Los Mutilados. Oswaldo Guayasamín, 1976
.